Escudriñando las sendas antiguas en un mundo posmoderno

Abner Chávez

Un reto del cristiano en el mundo actual es responder a quienes cuestionan la existencia de Dios. Cuando son burlas de personas necias, no caben ni argumentos lógicos ni testimonios personales ni, mucho menos, textos bíblicos. Lo mejor es dejar al necio en su necedad, pues en su corazón cree que “no hay Dios”, como pretexto para corromperse y hacer el mal.

Otra cosa es cuando un ateo –como se define a sí mismo una persona convencida de que Dios no existe– expone argumentos que considera irrevocables para aplastar la fe del creyente. Veamos un ejemplo sencillo.

Los incrédulos exponen que si Dios existiera no permitiría la maldad, pues por ella sufren muchos  inocentes. Y argumentan dos cosas: 1) si Dios no quiere evitar la maldad, permitiendo que la gente siga sufriendo, entonces él mismo en un ente malo, lo cual es contrario a la naturaleza de Dios, quien por definición debería ser bueno; 2) si Dios no puede acabar con la maldad, quiere decir que no es todopoderoso y, por lo tanto, tampoco es Dios. De cualquier modo, al no querer o no poder terminar con la maldad se demuestra la inexistencia de Dios.

Este rudimentario razonamiento pudiera confundir a un cristiano poco ejercitado en polémicas filosóficas y en argumentaciones lógicas. Por eso es necesario explicarlo.

1) Dios no puede terminar con la maldad en el mundo por la sencilla razón de que respeta la voluntad –el libre albeldrío– de la raza humana. Fue el hombre quien voluntariamente decidió no tener en su noticia a Dios. Intervenir directamente en contra de la voluntad de la persona va en contra de los principios de Dios. Él no puede obligar al humano a elegir la bondad como forma de vida. Seríamos como robots, con acciones bondadosas, pero sin voluntad. Se tiene que reconocer que ha sido el género humano el causante de la degradación de la naturaleza, de toda iniquidad y envilecimiento.

El plan de Dios es distinto. Él quería –y busca aún– hombres y mujeres que ejerciendo todas sus capacidades intelectuales y volitivas decidan en pleno uso de sus facultades seguir el camino individual de la salvación.

Este no poder de Dios en realidad es un compás de espera para que el hombre se arrepienta y vuelva a su Creador. Este no poder de Dios en realidad resalta el infinito amor del Padre quien, no queriendo que nadie se pierda, retarda el castigo para los malos. Pero el hombre necio vive el resultado de sus malas acciones y al no querer arrepentirse quiere echarle la culpa a Dios de la maldad, de su maldad. Dios quiere rescatarnos precisamente del mundo de maldad y lo único que necesitamos es aceptarlo, entregarle nuestra voluntad.

2) Dios no quiere, por la misma razón, terminar de tajo con la maldad del género humano porque, en un acto de soberanía, respeta la voluntad del individuo. Y Dios no quiere terminar con la maldad porque tendría que borrar de la faz de la tierra al hombre. Él sigue esperando, con infinita paciencia, la conversión del hombre.

Pero ese Dios no quiere es una trampa del lenguaje, es un falso silogismo, porque Dios sí quiere terminar con la maldad en el mundo, pero no mediante actos mágicos y señales portentosas que los fariseos actuales siguen pidiendo, sino por el sencillo camino de la conversión del hombre, de todos los hombres, para que, en un acto voluntario, ejerciendo su capacidad de elección, acepten a Cristo en su corazón y acaben definitivamente con la maldad en el mundo.

3) Pero este no poder o no querer atribuidos a Dios tienen una razón de más fondo. Dios es un ser perfecto, el más perfecto, infinitamente justo. Por eso, en el principio de los tiempos, cuando el querubín cubridor Luzbel, uno de los seres más bellos que hayan sido creados, “pretendió ser igual a Dios”, encontrándose en él vanidad y maldad, fue arrojado del hogar a una prisión –la Tierra– junto con sus ángeles, pero no fue destruido. En aquel caso de maldad, como en cualquier otro, Dios dio la oportunidad del arrepentimiento antes del castigo, resaltando así su eterna justicia. La corrupción del diablo tiene que ser castigada, pero sin descrédito de la justicia divina: sin que nadie pueda acusar a Dios de ser injusto.

Pero el propósito del diablo es convencer al mundo de que si Dios existe es tan malo como él o no es tan poderoso como dice. Ahí radica el interés del demonio en convencer a la gente de que Dios no existe o en tratar de aplastar la fe del cristiano en un Dios vivo, santo, infinitamente bueno, amoroso, paciente… pero eternamente justo.

Publicado en La Voz del Amado, Año I, Número 3 Agosto 2007

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Comentarios en: "¿Y por qué Dios no termina con la maldad?" (1)

  1. vaya muy bueno

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