Escudriñando las sendas antiguas en un mundo posmoderno

Ortotanasia: ¿Una dulce muerte?

Olga Miranda

¿Qué haría usted si el médico le diagnosti­cara una enfermedad termi­nal a algún familiar o a usted mismo? ¿Permitiría el sufrimiento, lo atemperaría con tratamiento médico o acudiría a la Ley de Voluntad Anticipada?

La ortotanasia, plasmada en la Ley de Voluntad Anticipada que fue aprobada el año pasado por las comisiones unidas de Administración y Procuración de Justicia y de Salud y Asistencia Social de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, ya se aplica en los hospitales de la Ciudad de México y, en breve, el Senado de la República prevé aprobar una ley similar para que esta práctica médica sea una realidad en los hospitales del país.

¿En qué consiste esta ley publicada en la Gaceta de Gobierno del Distrito Federal (equivalente al Diario Oficial de la Federación) apenas el 7 de enero de 2008?

La legislación aprobada defiende el derecho de los enfermos terminales y desahuciados a decidir si quieren o no ser sometidos a tratamientos médicos para mantenerse con vida.

La ortotanasia se define como la “muerte correcta”, la cual distingue entre curar y cuidar, sin ocasionar la muerte de manera activa, directa o indirecta, procurando no menoscabar la dignidad del enfermo en su etapa terminal, y otorgando los cuidados paliativos (que incluyen el control del dolor y la atención psicológica del paciente), las medidas mínimas ordinarias (hidratación, higiene, oxigenación y nutrición, entre otras) y tanatológicas (ayuda médica y psicológica al enfermo y a los familiares, que les ayuden a sobrellevar la situación) y, en su caso, la sedación controlada.

Para que esto pueda llevarse a cabo, el enfermo terminal debe firmar el Documento de Voluntad Anticipada, que se suscribirá ante dos testigos, pero deberá ser avalado por un notario público o un juez cívico. Los dos testigos no podrán ser familiares, hasta en cuarto grado, y no podrán ser menores de edad.

La ley también establece que cuando un desahuciado se encuentre impedido para manifestar por sí mismo su voluntad, su cónyuge o concubina, sus hijos mayores de edad o adoptados, sus padres, sus nietos o sus hermanos podrán suscribirle dicho documento.

El documento podrá ser revocado únicamente por el signatario en cualquier momento. Será declarado nulo cuando se trate de un formato diverso al autorizado por la Secretaría de Salud, sea realizado bajo influencia o amenazas, por dolo o fraude, o que no exprese inequívocamente la voluntad del enfermo o medie alguno de los vicios del consentimiento para su realización.

Eutanasia

La palabra eutanasia proviene del griego: eu = bueno, thanatos = muerte. “Buena muerte”, término que ha evolucionado y actualmente hace referencia al acto de acabar con la vida de una persona, a petición suya o de un tercero cercano, con el fin de minimizar su sufrimiento.

En la antigüedad, la palabra eutanasia significaba “una muerte dulce”, sin sufrimientos atroces. A la “buena muerte”, en la actualidad se le han dado diversas interpretaciones, como la intervención de la  medicina, encaminada a atenuar los dolores de la enfermedad y de la agonía de las personas.

Existen algunas variantes de la eutanasia, que es necesario explicar, para entender el alcance de lo que la ALDF acaba de aprobar:

* Eutanasia pasiva es el término que los medios de comunicación han dado a la muerte natural, cuando se suspende el uso de los instrumentos de apoyo para alargar la vida por medio artificiales, como el suministro de medicamentos, aparatos, etcétera, los cuales simplemente dejan de administrarse o aplicarse para que se dé la consecuencia natural de la muerte, lo cual en nada contraría la ley natural.
* Eutanasia activa se refiere a la muerte que se provoca de una manera directa para poner fin al sufrimiento de un paciente.
* El suicidio asistido se relaciona vagamente con la eutanasia, pues éste se produce cuando alguien le da información y los medios necesarios a un paciente para que él mismo, o por interpósita persona, pueda terminar fácilmente con su vida.

¿Nos ponemos en lugar de Dios?

La mayoría de las religiones occidentales proponen que nadie debe atentar contra la vida de un hombre inocente, pues esto es contrario al amor de Dios. Además, se violaría un derecho fundamental, irrenunciable e inalienable. Incluso, los cristianos creemos que solamente al Altísimo le corresponde dar o quitar la vida.

Todo hombre tiene el derecho de continuar su vida, bajo el designio de Dios. Ésta le ha sido encomendada como un bien que debe dar frutos en la tierra, pero que encuentra su plena perfección solamente en la vida eterna.

La vida es un regalo de Dios que le dio, no sólo al hombre, sino a todos los seres de la Tierra. Génesis 2:7 afirma: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente”.

El creador utilizó una serie de elementos naturales y divinos. Al formar al hombre de polvo o barro; éste ya tenía diseñados inter­namente sus órganos pues dice “y sopló en su nariz”. Es decir, la nariz constituye en todo ser viviente parte del sistema respiratorio. Por eso el texto menciona “aliento de vida”.

Dios nos dio de su Espíritu y todo lo hizo bueno, hasta que el hombre pecó y murió espiritualmente y, luego, materialmente. Recordemos que cuando alguien muere se convierte justamente en polvo, y el espíritu o “aliento de vida” vuelve a Dios.

Pero es Dios quien da y quita la vida y como cristianos debemos actuar con sabiduría, porque cuántos homicidios –con el pretexto de que se va a evitar el sufrimiento de las personas– se van a cometer en los hospitales de la Ciudad de México.

De acuerdo con cifras de la Secretaría de Salud, cada año mueren 490 mil personas, de las cuales 40 mil pudieran tener enfermedades terminales donde ya no hay ninguna posibilidad de aliviarse. Tan sólo la enfermedad del cáncer representa 10% de los fallecimientos.

La muerte voluntaria, o sea, la declaración de suicidio anticipado, es por consiguiente tan inaceptable como el homicidio; semejante efecto constituye por parte del hombre, en efecto, el rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor.

Además el suicidio es a menudo un re­­­chazo del amor hacia sí mismo, una nega­ción de la natural aspiración a la vida, una renun­cia frente a los deberes de justicia y amor al prójimo, hacia diversas comunida­des y hacia la sociedad entera. Como pueblo de Dios debemos tener mucho cuidado ante la postura que tomamos ante estas ini­ciativas que, por principio, van en contra de los designios de Dios y atentan contra la vida humana.

Publicado en La Voz del Amado, Año I, Número 8, enero de 2008.

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